He pensado tan fuerte que no vuelva a pasar
que se ha convertido en premonición.
He pedido tantas veces que se queden
que cada vez se han ido dando el portazo más fuerte.


Me he quedado sin pilares suficientes
para una casa tan grande y vacía.
Me sobran habitaciones y en la cama mis únicas sábanas
son vestidos de muchos fantasmas.


He tenido que invertarme nuevas religiones
para escribir el último testamento.
Porque no quiero forzar ya nada más,
ni mi propia desintegración.


Veo guiños del karma, guardo señales descaradas,
giro la cara a llamadas de atención del destino,
ignoro opiniones que no casan con mis principios.
Y aun así sigo siendo creyente.

 

Creo que alguna de esas almas gemelas que rondan por el mundo
se me colará en el súper,
me tropezará en una esquina cualquiera
o me joderá un viaje en avión con los pies en mi asiento.

Creo que un día habrá valido la alegría
después de toda esta angustia.
O no.
Quizá siga levantándome saboreando un café solo
cada vez con más azúcar para frenar su amargura.


Me dolería pensar que he malgastado tanto papel y tinta
para que se evapore sin que nadie lo lea.
Pero como dice Benedetti, más me dolería pensar
que me has leído todo este tiempo
y aun así no has venido a buscarme.


Valemos más por lo que callamos que por lo que decimos.
Sangramos más por nuestras palabras descompuestas
que por una caída al cemento.


Creo que el amor son unas luces de neón en rosa sobre fondo azul.
Con la O parpadeando y la A en tipografía caída.
Creo en los acrósticos, en el Así Me Obligas a Reír.
Soy fan de los besos con sabor a patatas fritas,
a pizza de domingo, a helado de café.

Confío más en carcajadas, miradas y manos inquietas
que en 8 letras nunca a tiempo.
Creo en ti.
Y sé que para entonces todo lo anterior va a quedar en un haiku de pluma rota.


Podría conformarme con unas citas a ciegas
o una venda en los ojos.
Pero quiero observar a alguien que no se canse de mirar mis cicatrices,
como quien coge un cristal delicado y lo agarra con fuerza,
con la certeza de que no corta si lo coges del lado sano.


Un espíritu rebelde es el que no se cansa de buscar la felicidad
a pesar de haberla conseguido,
porque la vida con-partida sabe mejor.
Y a eso sí que tengo ganas de ganar.

 

“La soledad es mirar a unos ojos que no te miran”.

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