Debí haberme dicho todo aquello hace mucho tiempo.
Lo cierto es que ahora nuestras conversaciones de yo a yo están muy vacías de ti.
Ojalá afirmar que he saciado mi sed de ti con vino, queso y muchos cigarros con risa.
Pero diría que soy más de beberme las ausencias a golpe de álfil:
moviéndome en la dirección más larga y a espalda descubierta.

Pienso mucho en el fin.
No me da miedo saber que nos iremos, sino adónde y cómo.
Y si habremos hecho ya todo lo que deseábamos
y si todavía no nos habremos convertido en quien más odiamos.
Tú y yo.
Y todos los que algún día nos cruzamos.
Aunque después de ti, hablar de muerte me produce un gusanillo divertido.
Como otra copa después de la resaca.
La última y nos vemos.

No entiendo en qué piensan los demás
cuando hablan de dolor y rabia,
si no se han tenido que vaciar de todo.
De vida, de poder, de todo este cielo que llamamos memoria.
Sinceramente, no he encontrado otra forma mejor de olvido
más fuerte que dejarse perder
para encontrarse por sorpresa.

Me he cansado tanto de mí
que me he desaprendido.
Hubo un día en que ya no me supe,
cuando me miré al espejo y vi un lienzo en blanco lleno de manchas con la forma de tus manos.
Y entonces me embarré hasta las sienes,
me vertí de veneno y me llené de café dulce.
Colonia de fresas saladas, sirope de vainilla ácida.
Y florecí como no tienes idea, en un arcoiris de grises y fosforitos
más blancos que nunca.

Ahora me sé de memoria.
Me he vuelto a contar los lunares y he descubierto que tengo planetas nuevos.
Quiero que sepas que ya no tienes permiso en esta constelación.
Que mis carreteras de sangre corren de nuevo hacia el pecho
y el aire susurra de nuevo a mi oído.
Vals de cabellos y ballet de mis dedos.
Y esta nueva yo es tuya, pero ya no es para ti.

Si recuerdas aquella canción
sobre los mejores días de nuestra vida,
la he desafinado en mil noches
y en realidad la letra no hablaba de nosotros.
Entiende que ahora me toca bailar por mi cuenta
y este ritmo me hará perder hasta la vergüenza.

Que no me importa mirar desde una esquina cómo vuelas sin mí
en ese avión donde embarcó mi ira
mientras yo busco mi caravana con el salpicadero más grande.
– Le pienso forrar los asientos de piel, sudor y manchas de vino,
pero el desierto de afuera será mayor que todas tus despedidas.
Y para qué querré luna llena si mi risa será invencible -.

Que ya no me importa darle la espalda a lo que sané y gané,
– te giraría la cara de un beso,
qué diablos –
después de mirarte a los ojos
por penúltima vez.

Como para siempre.

Eres lo que sueñas cuando nadie te ve, cuando hasta tú te apartas la mirada.

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