“Todo ha cambiado y, sin embargo, soy más yo mismo que en cualquier otro momento de mi vida”.
I. Thomas

Hace más de mil días se me salió el corazón del pecho
y se dividió en todos esos copos de nieve bajo nuestros pies.
Acariciándonos el pelo, besándonos la cara, calándonos hasta la espina.
Desde estas Polaroid me sonríen caras familiares.
Y sonrío de vuelta;
pero ya no encuentro la mía.

Todos hablan del peligro de jugar con fuego,
los que nunca se han quemado con el frío.
Son los mismos que no saben responder por qué el silencio
hace tanto ruido.
Qué ligera es la rabia cuando no sientes las manos,
cómo duele ser tan feliz.
Cómo era posible sentir tristeza anticipada al fin,
cómo se puede vivir ahora de aquel minuto en el tiempo.

Cartas sin sello.
Remitentes sin hallar respuesta.
Contactos en línea.
Sin tacto en el pecho.
Palabras excesivamente llenas.
Habitaciones demasiado vacías.
Y al revés.
Pasillos de guerra.
Camas sin tregua.
Mañanas de amnistía.
Noches en vela.
Y velas para quemar la penumbra.
Quemados, cansados, libres, puros, fuertes.
Valientes con miedos.
Llorando de risa.
Y riendo de pena.
Jugando con otras reglas.
Las suyas.
Perdiendo a nuestra manera.
La mía.
Corazones encendidos.
Termómetros apagados.
Felices.
Ascensor sin parada.
Y paré de contar.

Hay sentimientos y experiencias que no se pueden materializar.
Qué bueno que podamos seguir viviendo de ellos.
En nuestra memoria.
En nuestra alma.
Para volver cuando queramos.

Kaipaan sinua, Suomi.

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