Querido Papá Noel,

Este año no me he esforzado en ser muy buena. Me ha bastado con resucitar, con sobrevivir y con ir sumando días hasta 365. Empecé el año rodeada de hielo. Bajé de un avión y no reconocí la ciudad en la que había sido tan feliz, sepultada por la nieve y con 15 horas de noche al día. Algo me dijo que ya nada era igual, y aquel frío vacío se coló dentro de mí también.

Poco a poco fue saliendo el sol y las calles se volvieron a llenar, pero si algo he aprendido es que hay cosas que nunca vuelven, hay personas que son estrellas fugaces y a veces hay que desandar para hacer un nuevo camino con el doble de piedras.

He vivido en anacronía, prisionera en un tiempo y un espacio que era necesario dejar ir. He escrito cientos de páginas en blanco, he cambiado café por té, he encendido velas por cada recuerdo, he repetido canciones y películas hasta que se me hacía de día, y cada vez que tuve ganas de llorar regué nuestra planta. Que ya no es nuestra ni es planta; como todo lo que murió. No sé cuánto tarda una locomotora en recorrer un país, ni cuántos granos de arena son un reloj, pero así de lento ha sido el olvido. He luchado lo indecible porque la esperanza está barata en el mercado de la cobardía. Pero la única causa por la que luchar, al final, es uno mismo.

He vuelto y todo era igual, pero todo era diferente. Es como si la vida hubiera pasado sin mí, como si me hubiera caído en este escenario, perdiéndome toda la trama y sin guion. El tiempo no se espera, nadie se para por ti, nadie es imprescindible, y todos te empujan a seguir hacia delante aunque seas incapaz de mover las piernas. Y de repente todo se empezó a quedar muy lejos, muy borroso, más fácil de digerir. Estamos muy solos. Aunque tengamos un hombro en el que apoyar la cabeza, aunque te presten un pañuelo para que te recojas las vergüenzas de los ojos… Solo nosotros sabemos qué pensamos, qué sentimos, cuánto nos pesa hoy el alma, qué ha pasado cinco minutos antes de esos buenos días, qué te hace un tic en la sonrisa.

Es una pena que me guste hacer de las personas mi hogar, porque volver a empezar por el tejado es una pereza. Porque las decepciones son bofetadas que me han dejado con los pilares en la mano. Porque de ti, que eras el centro de mi mesa, no me esperaba esto. Y de ti, que siempre has sido el respaldo de mi sofá, tampoco. Ni mucho menos de ti, que te consideraba mi colchón… La familia que elegimos es quienes somos, pero también lleva tiempo, sorpresas y situaciones. Me quedo con los que se cruzan el mundo para decir te quiero otra vez; con los que son casa allá donde vivan; los que están a un chat de dibujarme una sonrisota; los que no se lanzan, pero tampoco te sueltan; con quien hace que la última hora de estas 24 sea menos fea.

Ya no soy ni de aquí ni de allí ni de nadie. Soy ahora. Soy de esta nueva piel y de esta nueva mochila que nadie ve. Y la única promesa que me hago para los próximos años es serme fiel siempre. Y sentarme a ver cómo el tiempo os empuja a todos, cómo me levanta y me lleva, como nos da lo que necesitamos.

Creo que no voy a trabajar de lo que me apasiona, ¿sabes? Me falta muy poco para poner la guinda a todos mis años de esfuerzo y no sé ni siquiera cuánto tiempo me queda para ganar un sueldo digno. Para ganar. Probablemente todavía me quede mucho para volver a saber cuántas cortadas suman un kilo, cuánto me ahorro cambiando de lugar, qué leche me sienta mejor y qué carne se me hace menos bola. Y puede que esté midiendo en paciencia, experiencia, hipocresía y decencia.

Que sí, que ahora estoy mejor. Que los lamentos se acaban y los mimos aceleran las cicatrices. Que por fin tengo estabilidad y está en mi mano dejar que alguien se suba a mi lado en este trono. Que otra vez me tiraré al agua aunque me arrastre la corriente y me recuerde que la he vuelto a liar. Porque no sé vivir de otra manera que no sea sacando tripas. Y gracias a los que, sin saberlo, me habéis obligado a ser así. Pero me ha costado muchas lágrimas, muchos vosotrosquésabréis y mucho tiempo conmigo. Hay que meditar más, hay que crecer más, hay que quererse más, hay que alimentar más el corazón para que se haga gordito, y juzgar menos.

No voy a pedirte nada, porque mi visita en persona el año pasado no te fue suficiente para regalarme un buen año. Te has lucido, gordo. Así que me basta con que me dejes todo lo bueno aquí quietecito. Y si te sobra un poquito de amor espárcelo así por el aire, que viene faltando. Cuida de los míos y de mí, por si a mí se me olvida. Dale un besito a tus renos, me acuerdo mucho de ellos. Y quizá nos veamos de nuevo por el Círculo Polar, con amantes o sin ellos.

Fdo: La visitante número 237.

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