Cuando vuelves de un Erasmus, LA gran pregunta de los que todavía no han saltado de su zona de confort suele ser: “¿de qué va este imbécil?”. Aunque no la digan en voz alta, está tatuada con luces de neón en su cara. Y tú solo puedes sonreír y pensar “qué pesada debo de haber sonado, otra vez”. Pasas de ser una persona insulsa y rutinaria a tener una vida extremadamente interesante a cada minuto, a tener una anécdota para todo. Pasas de ser “el colega de siempre” a “ese capullo que se cree guay por haber vivido fuera unos meses”.

Y la realidad es que tienen razón, y que los lazos se aflojan con padres y amigos cuando la distancia entre vosotros es astronómica –y no hablo de km, sino de mundos paralelos. La realidad también es que te esperan decepciones, poca aceptación, ningún entendimiento de tus prioridades, un poco de envidia y recriminaciones porque ya no eres el de antes. Y lo puedo afirmar porque alguna de esas las sentí en mis carnes antes de experimentarlo. Pero también es verdad que la vida es del color que cada uno la pinta, y que el 90% de lo que nos sucede viene dado por nuestra actitud frente a ella.

artículos de opinión - periodista valencia - erasmus finlandia tampere
Cuanto más negro se presenta el futuro ante nosotros, precisamente es cuando tenemos que saltar con más fuerza.

Viví unos nueve meses en Tampere (Finlandia), con un mes horrible extra en España durante las Navidades. Fue, es y será el año de mi vida, le pese a quien le pese. Concluí irme sin pensármelo muy a fondo porque duermo sin almohada, con el único objetivo de huir de una vida monótona que siempre había sucedido entre estudios, trabajo, algunas semanas de verano en el pueblo y casa. Buscando lo desconocido y ponerme a prueba, tomé, sin darme cuenta, la primera de millones de decisiones. Cuando haces una lista mental previa a tu salida, surgen dudas, desde la más absurda a la más irrespondible, surgen miedos e inseguridades que en mi caso quedaban solapados por una ilusión mucho más grande, por una gran esperanza de demostrarme a mí misma -y también a los demás- que podía sobrevivir fuera del nido.

Y llegó el gran día y al pisar ese avión se esfumó la pena por las despedidas y el miedo a lo incógnito, y apareció la adrenalina de la aventura. Era mi primera vez viviendo fuera de casa; por primera vez yo, y solo yo, era responsable de mis decisiones, de mis acciones y de sus consecuencias. Eso, amigos, es lo que proporciona un Erasmus: crecer. Ahora nadie va a sacarte las castañas del fuego; eres tú el que debe ocuparse de darles las vueltas necesarias, y sí, puede que se te quemen a la primera, pero a la segunda controlarás mejor el tiempo y a la tercera estarán en su punto. Y lo más interesante: aprenderás a entender que todo está bien, que no pasa nada si las cosas se tuercen y no salen como tú esperabas. Porque existen tantas oportunidades para lograrlo como ganas tengas de intentarlo. Eso sí, entenderás también que hay una delgada línea entre la persistencia y la cabezonería, que llega un punto en el que insistir solo empeora las cosas y que hay que dejar ir y dejar que suceda; aceptar para poder avanzar.

artículos de opinión - periodista valencia - erasmus finlandia tampere
Siento afirmar que no hay ninguna fotografía que haga justicia a la belleza de este país.

Un Erasmus no es solo fiesta, alcohol, viajes y rock and roll (que también, y bastante). Es una forma de darte cuenta que toda decisión es importante por insignificante que parezca, y que estás obligado a tomarlas, desde decidir qué compañía de teléfono tengo que contratar, qué banco es más apropiado para poder manejar mi dinero, en qué supermercado está más barata la comida, cuántos platos voy a necesitar de Ikea, qué hago si me quedo tirado en otra ciudad o incluso en otro país porque he perdido mi transporte, y hasta cómo narices arreglo el desagüe para que no me encharque la habitación entera. Además, adquieres consciencia de que nadie es imprescindible, pero todos necesitamos ayuda. Tus nuevos amigos son tu única familia, tu único auxilio si te pasa algo -y viceversa-, y tu mejor opción para compartir las mismas emociones de diferente manera con una copa y unos bailes, o simplemente un té sentados en el suelo de un pasillo.

Durante este corto periodo de tiempo todo es tan intenso porque tus ganas de vivir cada minuto como si no hubiera vida después son más grandes que la cantidad o incluso la calidad de ese momento. Todo tendrá el valor que tú le des a ese instante en tu cabeza para almacenarlo en el corazón por siempre. Cuando el tiempo corre en tu contra en un lugar y un espacio tan agradable, debes decidir qué es más importante para no perder ni un solo segundo: seguir enfadada con alguien o intentar arreglarlo para iros de birras en un par de horas, salir de fiesta o quedarse viendo una peli, gastar dinero en ropa o aguantar con la que tienes y montarte un viaje, hacer el ridículo pareciendo un paleto o lanzarte a preguntar y aprender algo nuevo que no sabías.

artículos de opinión - periodista valencia - erasmus finlandia tampere
Viajar a Laponia con estas niñas fue un sueño hecho realidad.

Decisiones, decisiones y más decisiones. Madurar. Entender que las únicas fronteras que existen en el mundo están dentro de tu propia mente. Conocerte mejor, borrar tus limitaciones y marcar tus límites. Profundizar en de dónde vienes y a dónde quieres ir. Valorar qué es importante y qué no. Apreciar lo que dejaste aquí y lo nuevo que has descubierto. Convertirte en una esponja para absorber todas las palabras de todos los lenguajes que puedas, para cocinar tantas recetas como quieras compensarle a tu padre, y no dejar de experimentar en tu nueva vida de independiente novato con tu madre al otro lado del Skype. En solo unos meses, días, horas, construirás un nuevo yo, porque por fin tienes la oportunidad de ser quien quieras ser en un lugar donde todos partís de cero, donde nadie conoce tu pasado ni tampoco le importa mucho, porque lo que cuenta es el hoy. Dejarás atrás el mal hábito de complacer a los demás y fortalecerás tus principios, tus manías y tus virtudes para poder abrazar tus defectos.

Te comerás la vergüenza, porque da igual si tu inglés es una basura, el español de esa persona siempre será peor que el tuyo. La “conversación de presentación” será tu hola de antes con cada uno que te cruces en la misma ciudad, y compartirás momentazos con gente con la que jamás volverás a hablar, mientras que otros ganarán un trocito en tu alma por ofrecerse a pagarte un taxi o dejarte llamar por teléfono en un momento de crisis. Descubrirás que todas las vidas ajenas a la tuya te parecen extraordinarias, sobre todo las extranjeras, pero que la tuya, por aburrida que tú la asumieras, es un lienzo en blanco para aquel que no ha vivido en tu entorno. Y qué absurda sonará ahora la palabra “extranjero”, cuando tú eres uno de ellos, cuando ya no eres ni de aquí ni de allá. Y qué decir de los amores Erasmus… si sale bien, será el más importante de tu vida, y si no, probablemente también. Porque en ese momento te viene a la cabeza el remoto pensamiento de que hay 7 mil millones de personas en el mundo y a ti te ha tocado compartir esa mirada justo con él o con ella, justo aquí y ahora, y de lo que pase un día después, ya se encargará vuestro “yo” del futuro.

artículos de opinión - periodista valencia - erasmus finlandia tampere
La familia que elegimos. O la que la vida nos pone delante. Y qué suerte. ‘The times we had”.

It’s okay si te pasas varias horas llorando en un aeropuerto con la única compañía de tu maleta y un mar de pañuelos después del adiós más amargo de tu vida. Déjate arrastrar por las colas de gente, rómpete, observa a los demás, piensa que es un lugar de paso y que también tiene una salida, que al otro lado ese sofoco se relajará un poco con la mejor de las pancartas: un abrazo de los que más te quieren. Y cuando todo esté muy callado, aprovecha para hablarte, pregúntate qué quieres y dátelo, no importa lo que sea. Ahora nadie te conoce mejor que tú, y no les puedes culpar si no ven necesario estar ahí. Cómprate un cáctus, apúntate a yoga, córtate el pelo, vuelve a viajar, aborrece las fiestas, declara la guerra a las dietas, lee un libro al mes, engánchate a veinte series, o haz todo lo contrario. Haz lo que te dé la gana. Exprésate cuando lo necesites o estés preparado, y si no grita hacia dentro, llora en silencio o guarda tu tesoro bajo llave. Pero sobre todo, trabaja y sigue formándote. Siéntete útil y realizado. Demuéstrate que todo te ha fortalecido y que, aunque no tienes un plan de vida en absoluto, vas caminando, sigues aprendiendo y estás escribiendo tu próxima aventura. Recupera tus pasiones y júntalas a tus nuevas. Dibuja tu nuevo tú. La vida es aquí y ahora siempre.

Y qué bonito es romper tópicos, callarte la boca a ti mismo, dar patadas a los prejuicios, ver tus fallos e intentar pulirlos, sentirte orgulloso de tu país y a la vez odiar donde se pudre, enseñar a tus visitas con qué poco y bastante sucio y desastrado te conformas, ser feliz viendo a los demás felices, superar los obstáculos que se te ponen por delante, conseguir hacer lo que nunca supiste que sabías o creías que no podías, ser solidario, empatizar mudando de piel, juzgar menos, tolerar más, hacer lo que prometiste que nunca harías. Y un infinito etcétera. En un Erasmus estás obligado a compartirte a ti mismo, porque lo material es escaso y tampoco sirve para nada. Y al volver, el cascarón ya te queda pequeño. Estás condenado -y en tu derecho- a enfadarte, a echar de menos, a gestionar los trocitos de tu corazón repartidos por el mundo, a abandonar relaciones y a recuperar otras, a no patrullar calles medievales sin que la lluvia vuelva a molestar, a no participar de expediciones en bosques para buscar auroras boreales ni caminar sobre lagos congelados nunca más, a que las noches y los días duren horarios normales, a saber que mañana te espera más o menos lo mismo que ayer, a que la mayoría te entienda porque habláis la misma lengua, pero pocos te comprendan porque habláis un lenguaje distinto, a abrir la puerta de tu habitación y que haya más habitaciones… vacías o en silencio. Y que cuando llamen a la puerta sea solo el cartero o alguien que se ha equivocado, y que los pasillos estén muertos.

No habrá dos Erasmus iguales, al igual que no hay dos vidas idénticas. Porque cada persona es especial, única e individual, y es así como debes gestionar tus emociones y resolver tus experiencias: no necesariamente solo, pero sí por ti mismo. Y este es el espíritu que construí y el que quiero transmitir para siempre, aunque a la vuelta sea algo imposible llevarlo a cabo. Vivir al límite, apreciar cada segundo por insignificante que parezca, no perder la esperanza por nada y sí la vergüenza por todo, aceptar los fracasos y lanzarte a almacenar éxitos. Ser tú mismo, aunque eso suponga decepcionar a los que más quieres; los buenos seguirán siempre ahí aun en tus horas bajas. Pero sobre todo, conservar el espíritu aventurero, porque cuanto más loco parece, mejor sabe. No lo digas, hazlo, porque al hacerlo, se dice solo. Habrá días difíciles donde la nostalgia pese demasiado y duela, donde nada alrededor sea igual a como lo recuerdas o continuará aburridamente intacto. Todo ha sido real, aunque ahora parezca un sueño y todo se desdibuje irreal en tus recuerdos. Sé paciente, acepta lo que venga apretando fuerte los puños y cierra los ojos para visualizar aquel paisaje. E intenta resucitar en tu desubicación, porque al final del todo, estoy segura de que siempre saldrá el sol.

artículos de opinión - periodista valencia - erasmus finlandia tampere
Algún día no muy lejano volveré a sentarme a verte atardecer, Tampere.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *