Vuelvo a subirme en un autobús con destino felicidad esta vez.
Y vuelvo a pensar cuán diferentes son las sensaciones en cada viaje
pero siempre permanece ese pequeño nudo en el estómago. Esos nervios.
Padres, hijos, abuelos, amigos, parejas. Y yo.

Vuelvo a ver miradas perdidas esperando su transporte, con pocas maletas para tantas ganas.
Es así cuando lo que te espera al otro lado es la tierra de todas las sonrisas que te han faltado,
un interrogante exclamativo, cuando viajas a la ciudad Escape desde el país de la Rutina.

Y juro que he intentado evitarlo de nuevo,
pero siempre hay algo que se torna gris y slow motion.
Vuelvo a recordar cuando la vida se paró no sé aún por cuánto tiempo.
Y necesito unos minutos de escalofrío en la nuca y picor en la nariz.
Me dejo la vida cada día contra tanta causalidad,
pero la realidad me abofetea cuando le viene en gana con más fuerza de la que tengo.

Vuelvo a ver abrazos y lágrimas y siento una punzada grande,
ya con eco, pero aún en alta definición.
Tanto equipaje sobra cuando todo lo que quieres se queda aquí.
O cuando se va, cuando el futuro se apaga y el negro parece un color muy claro en la Pantone de la vida.

Suena Amy como solo ella sabe hacerlo,
«I cheated myself like I knew I would»,
por si seguimos creyendo que nos merecemos ese pedacito de cielo.

Es cierto. Las estaciones ven más amor que muchas camas
y escuchan más oraciones que las iglesias.
Y deseo que les vaya genial.
Y deseo que te vaya genial.

El color llegará. 

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